Estos son los proyectos estables que apoyamos y financiamos gracias a las donaciones que recibimos. Todos ellos fueron importantes para la salud, el bienestar y la estabilidad de los refugiados. Estos ámbitos de trabajo fueron consensuados con la comunidad, que tuvo un papel activo en el proceso de toma de decisiones. Los residentes colaboraron en la ejecución de los proyectos, lo que favoreció su desarrollo personal, su autoestima y su autonomía, fortaleciendo su independencia y empoderamiento.

Los pañales son bienes de primera necesidad básicos para la higiene y la salud de los niños y niñas del campo, que representaban casi la mitad de sus residentes. Algunos adolescentes y adultos con necesidades especiales también hacían uso de este producto, por lo que era imprescindible adquirirlos periódicamente en grandes cantidades. Es un gasto en el que raras veces pensamos, pero representa una parte importante de los gastos familiares. Algunas familias necesitaban decenas de pañales a la semana, cuyo coste aproximado era de 15€ el paquete.

En verano los refugiados calzaban chancletas y sandalias gracias a una donación. Muchos de ellos habían andado grandes distancias para llegar a Grecia, por lo que su calzado había quedado inservible a lo largo del camino. La llegada del invierno requirió un calzado cerrado del que la gran mayoría carecía. Las temperaturas medias rondaron los 6ºC en invierno y la salud de los residente mermó poco a poco. La necesidad de calzado para el frío fue la más acuciante y urgente. La mejor prueba de la crudeza del invierno fue que el campo fue clausurado tras el invierno de 2016-2017.

El taller de costura fue un proyecto innovador que empezó en otoño de 2016 tras el descubrimiento de una máquina de coser en un almacén y la donación de otra por parte de un voluntario. Casi 90 mujeres participaron en esta actividad que aspiraba a que los refugiados puedan llegar a hacerse sus propias prendas de vestir. Las personas que sabían más o que tenían formación como sastres y modistas enseñaron a las que no habían cosido nunca, por lo que se estrecharon los lazos sociales y se fomentó la participación activa de los residentes en los proyectos. Se necesitaba comprar hilo y lana, así como agujas, para reforzar la autonomía de las personas refugiadas y potenciar sus habilidades al tiempo que ampliaban sus conocimientos y sus posibles salidas laborales.

Cada poco tiempo, habitualmente una vez al mes, se celebó una fiesta de cumpleaños para todos aquellos niños y niñas que habían cumplido años en esa franja de tiempo en tan penosas condiciones. Los preparativos consistían en comprar regalos sencillos, encargar galletas de chocolate, pedir voluntarios entre los adultos para disfrazarse y preparar los altavoces. Durante dos horas, los más pequeños se olvidaban de dónde estaban y volvían a ser lo que son, niños y niñas. Jugaban, bailaban, cantaban, comían galletas y derrotaban a la infancia miserable que les tocó vivir. Este pequeño gesto tuvo una importancia vital para la salud emocional de los residentes, que conseguían evadirse momentáneamente de su realidad.

Este proyecto sobrevivió a la clausura del campo y fue exportado a otros campos de refugiados.

El té, o chai, es un elemento fundamental para la cultura del Oriente Próximo, tanto para los árabes como para los kurdos. Es un símblo de hospitalidad, generosidad y bienvenida que se ofrece a todas aquellas personas que entran en un negocio, en una casa o en una tienda. Incluso en su frágil situación, los refugiados de Kalochori no renunciaron a esta tradición y era habitual verlos invitar a té a voluntarios, amigos, otros refugiados, trabajadores de ONG y visitantes esporádicos. El té costaba 9€ el kilogramo, y se servían 200 litros al día en el campo, al atardecer, para lo que se usaban 500 gramos de té. Era el momento más relajado del día. También se hicieron repartos de té a granel.

Tras habilitar un antiguo gallinero, limpiarlo, desinfectarlo y hacer llegar la electricidad, los residentes pudieron cortarse el pelo y ser afeitados en la pequeña barbería operada por un hombre barbero de profesión. Con el tiempo, algunos refugiados empezaron a aprender este oficio, lo que les facilitó la integración en el mundo laboral cuando se les permitió ganarse la vida de nuevo. Este proyecto reforzó la autonomía  y dignificó la vida de los solicitantes de asilo, y reforzó la normalización de sus vidas.

La escuela fue uno de los proyectos más ambiciosos y necesarios de cuantos se llevaron a cabo en Kalochori. Los niños y niñas del campo no acudieron a las escuelas griegas hasta bien entrado octubre de 2016, por lo que su educación, interrumpida cinco años atrás por el estallido de la guerra, no se reanudó inmediatamente. Al principio no había escuela, pero en junio se levantó un precario edificio de madera para albergar algunas clases. No fue hasta agosto que llegaron los pupitres y las sillas, una donación llegada desde Alemania. En ella se impartió alemán, matemáticas, inglés y griego, aunque a veces de forma interrumpida. La necesidad de material escolar fue constante.

Las raciones servidas por el Gobierno Griego, y distribuidas por el Ejército Heleno, eran insuficientes, poco nutritivas, repetitivas y de sabores ajenos a lo que estaban acostumbrados los residentes. Al principio se hicieron repartos de fruta y verdura, pero se prohibió encender fuego dentro del campamento. Ello llevó al diseño y construcción de una cocina comunitaria en el pueblo de Kalochori, un proyecto que contó con el apoyo del pueblo griego y de los propios refugiados y que supuso un salto cualitativo en sus vidas. "Pharma Comunity Kitchen" funcionó dos meses hasta que se permitió cocinar en el campo de nuevo, lo que supuso que se retomara el reparto de vegetales y otros productos (huevos, leche, azúcar...). La cocina sigue funcionando (gestionada por FoodKIND) pero en vez de abastecer al campo alimenta a los miles refugiados que malviven en las calles de Tesalónica. También necesitan nuestra ayuda.

El campo de refugiados se hallaba dentro de una propiedad abandonada años atrás, por lo que los problemas de mantenimiento fueron muchos. A lo largo de los meses se hicieron enormes progresos: se construyó la escuela, se fabricaron suelos de madera elevados para las tiendas situadas en el exterior para protegerlas de la lluvia, se crearon zonas sombreadas, se levantaron carpas, se acondicionaron múltiples espacios, se construyó un huerto, se habilitó una zona de adultos, una zona para que jugaran los niños, se repararon todo tipo de instalaciones y se convirtióun contenedor industrial en una biblioteca. Todo ello tuvo un coste elevado del cual no se podía prescindir; en muchas ocasiones estaba en juego la seguridad de los residentes.

La condiciones meteorológicas en el norte de Grecia son severas y los residentes carecían de prendas de abrigo. Fue indispensable proporcionárselas para garantizar su salud y su integridad física, pues la atención médica era limitada y las condiciones de vida insalubres favorecían la aparición de enfermedades. Durante meses esta cuestión fue de máxima urgencia y prioridad, pues la ropa de verano era inútil ante las gélidas temperaturas que caracterizan el invierno griego.

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
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